Tras su última película, Ladykillers, habían pasado unos años en los que a sus seguidores, los hermanos Coen sólo nos habían obsequiado con el corto ambientado en una estación de metro de París dentro del conjunto de Paris, je t’aime. Es más que comprensible que tuviéramos un mono muy grande de verles en acción nuevamente, con la esperanza, además, de que hubieran recuperado la senda de su cine personal sin concesiones a la comercialidad (que, sinceramente, habían dejado descuidada en sus dos últimas películas, Crueldad intolerable y Ladykillers), con títulos como Sangre fácil (su ópera prima), Muerte entre las flores, Fargo, El gran Lebowski, Oh Brother o El hombre que nunca estuvo allí.
Con esta nueva película, No country for old men, han vuelto a lo grande. No es país (o cine, en este caso) para concesiones. Con una puesta en escena y un guión comparable a sus mejores trabajos (para mí Muerte entre las flores y Fargo) las dos horas de película brillan por igual sin fisuras en un entramado en que nada sobra y todo aporta algo esa metáfora que supone el título de la película y que, obviamente, no voy a desvelar. Junto a ello, la labor actoral no puede ser más destacada y no sólo por nuestro Javier Bardem (Anton Chigurh será recordado para la posteridad como paradigma de psicópata despiadado -definido genialmente por otro personaje como “carente de sentido del humor”- en un nivel similar a como pueda serlo el inmortal Harry Powell, papel que borda Robert Mitchum en la soberbia película La noche del cazador) sino también por el resto de personajes: Tommy Lee Jones (Sheriff Bell) está soberbio en su papel de personaje completamente desubicado. Sobre él y Bardem sería curioso razonar acerca del personaje principal y secundario de la película y seguro que habrá puntos de vista, ambos válidos a favor y en contra de uno u otro. El tercero en discordia es Josh Brolin (Llewelyn Moss), que descubrirá algo que le asegurará una buena jubilación. A este triángulo se unen diferentes personajes secundarios (ayudante del sheriff, su mujer, su amigo mayor; mujer y suegra de Llewelyn; o Carson Wells o quien lo contrata, que carece de nombre en el guión; o los que por azar se encuentran con Chingurh, como el gasolinero, en una de las escenas más concluyentes de la película).
Y es que, efectivamente, el azar, vuelve a ser un tema recurrente en la filmografía de los Coen (”What’s the Most You Ever Lost On a Coin Toss? Call it, friendo“) pero no es el único. Muchos de sus referentes vuelven a aparecer: personajes puestos al límite, diálogos sin fisuras e incluso ese humor -aunque en esta película en contadas ocasiones- tan característico suyo y que se centra especialmente en la acción desarrollada en México, como la aparición antológica de los mariachis. En definitiva, una película que vuelve a colocar a los hermanos Coen en el lugar que merecen estos genios del séptimo arte.
