Tras conocerse los premios conquistados por la película de los hermanos Coen, No country for old men, se han producido las lógicas reacciones en la prensa especializada. Uno de los más acertados es el que Carlos Boyero ofrece en El País, en la edición del día de hoy. Os lo dejo a continuación, a excepción de los dos últimos párrafos, en que habla del resto de premios. Como siempre una opinión experta y más que interesante.
Tienen pinta y gestualidad de frikis. Esos dos hermanos con expresión autista, tan atípicos, a su rollo, a los que les sienta tan mal la ropa de pompa y circunstancias, nunca darán la imagen de curtidos y respetados inventores y capitanes de juguetes muy costosos en la siempre fenicia industria de Hollywood. Sin embargo, los oscars más codiciados acaban de declararle su trascendente amor, de bendecir a los chicos radicales y gamberros que jamás hacen películas pensando prioritariamente en los sagrados beneficios económicos, de otorgarles el merecido tributo (el año pasado le tocó al también estigmatizado y genial Scorsese) que les habían negado o aplazado durante tanto y mezquino tiempo. Fue bonito y poético escuchar a Joel Coen dar las gracias al destino por haberles permitido a él y a su hermano Ethan prolongar en su vida adulta y en su trabajo los juegos que practicaban en las esquinas de la guardería.
No es país para viejos, siendo inquietante, aromático, poderoso y duro, no es el juguete más brillante que se han inventado esta inteligente y excéntrica pareja. Yo prefiero el universo hamletiano de códigos morales en la selva que retrataban en la maravillosa Muerte entre las flores, la cazurrería, el desquiciamiento, la violencia y la villanía de la América profunda que describían con estilo e infinita mala leche en Fargo, el humor irreverente y el surrealismo que empapan a El Nota y sus indescriptibles colegas en El gran Lebwoski, el tono de pesadilla kafkiana y el salvaje ajuste de cuentas que hacían con Hollywood en Barton Fink.
Pero no seamos aguafiestas ni cenizos en la celebración de un éxito tan legítimo como el de No es país para viejos. De entrada, los Coen son buenos lectores de la impagable escritura de Cormac McCarthy. Saben que el material que les ha caído en las manos es inmejorable y lo traducen a imágenes con fidelidad y respeto, sin abusar de la marca de fábrica, los guiños para iniciados, la mezcla de esperpento y tragedia que identifica al genuino y excéntrico universo de los Coen. Su ilustración de los paisajes, ambientes y tensión de la novela es modélica, pero esta notable y sombría película no llega a emocionarme, algo que sí lograba McCarthy con el torturante monólogo interior y los complejos recuerdos de ese viejo sheriff aterrado y perplejo ante la violencia y el caos de un mundo que ya no puede entender.
Y es justo y necesario que hayan reconocido el arte y la fisicidad de Javier Bardem al componer al memorable killer Anton Chigurh, ese determinista Terminator que siempre cumple sus macabros contratos, sin sentido de culpa, con un toque de humor dadaísta, con capacidad para acojonar a cualquiera que sienta su aliento. También posee frescura su dedicatoria al recibir la estatua, la transgresión del anatemizado rojeras al pronunciar con desarmante naturalidad la palabra España, de la que se han apropiado ancestralmente la abominable raza de los meapilas patrioteros. Reivindicativo y generoso igualmente el homenaje del triunfador a los cómicos nacionales, aunque sospecho que bastantes y mediocres buscavidas culturales van a intentar sacar tajada con el Oscar de un individuo que se lo debe todo a su propio talento y no al corporativismo llorón o triunfalista de la gran familia del cine nacional.
