La otra tarde tuve la oportunidad de ver la nueva película de Ken Loach, It’s a free world. De nuevo, el director inglés vuelve a denunciar con su buen cine las injusticias de la vida actual, desde un primer mundo (centrado en este caso en Londres) generador de las desigualdades que sufren los que vienen aquí para intentar llevar una vida lo mejor posible lejos de sus orígenes.
En esta película, tal como hiciera en grandes obras suyas anteriores como Lloviendo piedras o Riff Raff, se centra en la problemática del trabajador en unas condiciones extremas. Además, aquí incluye el problema de la imigración y lo centra, en un giro que envuelve la película de manera perfecta (la protagonista comienza reclutando trabajadores inmigrantes para Inglaterra en Polonia y acaba haciendo lo mismo en Ucrania, aunque con una diferencia fundamental), no sólo en los trabajadores, sino en las redes que envuelven ese trabajo y que ofrecen escenas (que, por desgracia, son mucho más reales de lo que debería ser una película) que consiguen helar la sangre al más pintado.
La historia no puede ser más contundente: una exempleada de una empresa de captación de trabajadores inmigrantes es despedida y para sobrevivir decide formar su propia empresa junto con su compañera de piso. Al igual que la protagonista, vamos sumergiéndonos en un mundo (que tenemos muy cercano) cruel y despiadado. Una vez más, Ken Loach junto al guionista Paul Laverty, asiduo colaborador en las últimas películas de Loach, no deja títere con cabeza y plantea interesantes motivos de reflexión acerca de las contradicciones de este “mundo libre” que tanto se pregona. Llena de muchos momentos de buen cine y de una acción que como mínimo te pondrá de mala leche, es una recomendación más que justificada en la cartelera actual. Eso sí, no hay que ir a verla muy desanimado.
