Posteado por: Diego | Marzo 8, 2008

La bona sort

Sovint recorde la sèrie Doctor en Alaska per molts motius. Una de totes pertany a un capítol on Marilyn conta un xicotet conte sobre una sucesió de coses que li ocorren a un home, una de bona i una altra de dolenta, amb les que reaccionava de la mateixa manera. Aquest conte ve a explicar que moltes vegades una cosa que ens ve negativament pot tenir unes conseqüències, però, positives. Encara no he pogut tornar a veure eixe capítol (en DVD sols tenim les dos primeres temporades) i no recorde exactament el conte, pero fa poquet va caure a les meues mans un conte molt paregut, que vaig a reproduir. He pogut comprobar en la meua pell que una circunstància que pensava al seu moment que era molt negativa ha esdevingut una succesió de coses bones i satisfaccions. I és que -com cantaven el Monty Python a la fi de La vida de Brian-, cal veure sempre el costat bo de la vida…
“Un día, un bellísimo caballo decidió bajar de las montañas y entrar en la aldea en la que vivía un anciano labrador. El caballo se detuvo en el establo del anciano. Los habitantes del pueblo, al ver tan bello ejemplar bebiendo y descansando en el establo del labrador, fueron a avisarle: “¡Ven, vamos a verlo!”. El anciano acompañó a todos sus vecinos, que, agitados, le llevaban del brazo hasta su propio establo. Cuando llegaron, la multitud celebraba la fortuna del abuelo: “¡Qué buena suerte has tenido!” A lo que el anciano respondió: “¿Buena suerte?, ¿mala suerte?, ¡quién sabe!”.
Al día siguiente, el caballo regresó a las montañas. Los vecinos se dieron cuenta y, cuando avisaron al anciano y lamentaron lo ocurrido, éste les replicó: “¿Mala suerte?, ¿buena suerte?, ¡quién sabe!”.
Pasó una semana y el caballo volvió de las montañas con toda su manada y fueron a parar de nuevo al establo del anciano, ya que siempre tenía a punto agua y comida. Al ver el maravilloso espectáculo, los vecinos se agolparon en la puerta de la casa del labrador y le felicitaron, entre entusiasmo, envidia y admiración, por su renovada buena suerte. Éste, con tranquilidad, les respondió: “¿Buena suerte?, ¿mala suerte?, ¡quién sabe!”.
Los caballos permanecieron en el establo bajo los atentos cuidados del menor de los hijos del anciano. Un día, el muchacho intentó domar a uno de ellos. Pero tal era la fuerza y brío del caballo, que el joven cayó al suelo y se rompió ambas piernas y los brazos. Todo el mundo se enteró del grave accidente y consideró aquello una gran desgracia. No así el labrador, que se limitó a decir: “¿Mala suerte?, ¿buena suerte?, ¡quién sabe!”.
Unas semanas más tarde, el ejército de aquella nación entró en el poblado para reclutar a todos los jóvenes. Estaban llamados a ir una terrible guerra de la que muy pocos regresarían con vida. Cuando vieron al hijo del labrador con las extremidades rotas, le dejaron tranquilo, ya que sería un problema contar con alguien incapacitado. De nuevo, los vecinos fueron a felicitar al labrador, a su hijo y al resto de su familia por esa buena noticia, pero, otra vez, el anciano asomó su cabeza por la puerta y encogiéndose de hombros dijo: “¿Ha sido buena suerte?, ¿mala suerte?, queridos vecinos, ¡quién sabe!”.


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