Posteado por: Diego | Mayo 6, 2008

Doctor en Alaska

Seguimos con las grandes series televisivas. Hoy le toca el turno a Doctor en Alaska. Entre 1990 y 1995 Joshua Brand y John Falsey crearon las seis temporadas de esta fabulosa serie ambientada en la imborrable ciudad de Cicely. El meollo es bien conocido por todos los fans: Joel Fleischman es un médico judío de New York, recién licenciado, que es enviado a un remoto pueblo de Alaska (Cicely), ya que este pueblo ha pagado su beca de estudio. Tras la sorpresa inicial por “lo que encuentra” allí, la vida cotidiana allí será el argumento constante de los capítulos de la serie.

Probablemente sea la serie de todas con la que más me pueda identificar. En primer lugar, por la época en que comencé a verla (justo en los años de más importante maduración); en segundo lugar, por el lugar y los personajes que aparecían, inolvidables para todos los cicelianos; y, finalmente, por el excelente guión que poseía la serie, con momentos realmente antológicos.

Aparte del ya comentado doctor Fleischman (Rob Morrow) que representa el contraste total entre su concepción de la vida y la que se tiene por Alaska (y ahí radicará la gran parte del argumento de la serie), los grandes personajes que aparecen son: Maurice Minnifield (Barry Corbin), el hacendado del pueblo, que ganó las tierras tras su dedicación a la NASA, ya que fue astronauta. Es la versión más derechizante de la serie, pero pese a ello se le coge cariño, precisamente porque es un personaje claramente carente de él; Maggie O’Connell (Janine Turner), es, entre otras cosas, la casera de Fleischman, además de la piloto de avión, imprescindible por aquellos lares. La relación amor-odio que establece con Fleischman (curiosamente se llaman ambos por el apellido) es uno de los rasgos más característicos de la serie. Además, es especialista en que sus relaciones amorosas no sean largas, ya que sus anteriores novios han ido muriendo en extrañas circunstancias; la otra mujer con la que más tensión se relaciona el doctor es Marilyn (Elaine Miles), pues será su ayudante en la consulta. Representa la pausada (hecho que saca de sus casillas a Fleischman) y ancestral sabiduría nativa de las tribus de Asia. Los dos siguientes personajes, Holling Vincoeur (John Cullum) y Shelly (Cynthia Geary) son pareja (se casarán a lo largo de la serie) y regentan el Brick (bar de Cicely donde se reúne todo el pueblo). Holling es descendiente de aristócratas franceses muy malvados y ha heredado de ellos su longevidad, ya que es un pedazo de pan. Es mucho mayor que Shelly, quien llegó a Cicely como novia de Maurice, pero se enamoró del quebequiano barman; también destaca Chris Stevens (John Corbett), más conocido como Chris por la mañana, pues es el locutor de la emisora de radio propiedad de Maurice, K-OSO, desde donde intercala sus geniales comentarios sobre cualquier tema entre canción y canción. Probablemente éste haya sido el punto más interesante de toda la serie, saber adecuar sus comentarios con las situaciones que se narran. Es el sacerdote del pueblo y ha sido anteriormente convicto. Es muy popular entre las mujeres; Ed Chigliak (Darren E. Borroughs) es otro de los nativos de Cicely. Su verdadera pasión es el cine y se cartea con algunos directores (incluso Peter Bogdanovic llega a hacer su cameo con él, en un episodio llamado, curiosamente, Rosebud); finalmente, Ruth Anne Miller (Peg Phillips) es la jefa de Ed en la tienda del pueblo, lugar también muy transitado por los protagonistas de la serie. Junto a ellos, hay una serie de personajes sin tanto protagonisto pero también tremendamente reconocibles por todos los fans: Adam y su mujer Eva; Bárbara Semanski, mujer con la que tiene algún que otro escarceo Maurice; Dave, el cocinero; Ron y Erick, la pareja gay que tan bien le cayeron a Maurice, hasta que descubrió sus tendencias sexuales…; o Bernard Stevens, el medio-hermano de Chris.

Para todo aquel amante de esta serie mítica, encontré una web hecha con mucho cuidado y esmero. Ahora hay que hacer algo para que se publique todo en DVD. De momento, sólo nos han llegado las dos primeras temporadas, así que estamos con unas ganas tremendas de que llegue el resto.

Finalmente os dejaré con dos detalles: uno de los comentarios de Chris, que se recogen en la web de la que os he hablado y un cuento muy similar a uno que narraba Marilyn en un episodio de la serie.

Grandes frases de Cris:

La lluvia suele ponerme melancólico. Es la hora de acurrucarse en un rincón, me relajo y huelo la madera. Y hoy, sólo me siento mojado. ¿Qué tiene poseer cosas? ¿Por qué sentimos la necesidad de poseer lo que amamos? ¿Por qué nos volvemos tan bestias cuando lo poseemos? Todos sabéis qué es: queréis algo, lo poseéis, y al poseerlo lo perdemos. Y cuando por fin has conquistado a la chica de tus sueños, lo primero que haces es tratar de cambiarla: esa forma suya de peinarse, su manera de vestir, cómo mastica el chicle… Y al poco tiempo lo que te gustaba, lo que has cambiado y lo que no te gusta son la misma cosa, como una acuarela bajo la lluvia.

Es uno de los comentarios de la serie que jamás he olvidado, y que terminaba diciendo una gran máxima de la vida: “la verdadera felicidad no la da poseer las cosas, sino formar parte de ellas”. Otro de los recuerdos indelebles es de un cuento de Marilyn. Recuerdo la historia vagamente, pero la intención es la misma que este cuento que encontré el año pasado:

Un día, un bellísimo caballo decidió bajar de las montañas y entrar en la aldea en la que vivía un anciano labrador. El caballo se detuvo en el establo del anciano. Los habitantes del pueblo, al ver tan bello ejemplar bebiendo y descansando en el establo del labrador, fueron a avisarle: “¡Ven, vamos a verlo!”. El anciano acompañó a todos sus vecinos, que, agitados, le llevaban del brazo hasta su propio establo. Cuando llegaron, la multitud celebraba la fortuna del abuelo: “¡Qué buena suerte has tenido!” A lo que el anciano respondió: “¿Buena suerte?, ¿mala suerte?, ¡quién sabe!”.
Al día siguiente, el caballo regresó a las montañas. Los vecinos se dieron cuenta y, cuando avisaron al anciano y lamentaron lo ocurrido, éste les replicó: “¿Mala suerte?, ¿buena suerte?, ¡quién sabe!”.
Pasó una semana y el caballo volvió de las montañas con toda su manada y fueron a parar de nuevo al establo del anciano, ya que siempre tenía a punto agua y comida. Al ver el maravilloso espectáculo, los vecinos se agolparon en la puerta de la casa del labrador y le felicitaron, entre entusiasmo, envidia y admiración, por su renovada buena suerte. Éste, con tranquilidad, les respondió: “¿Buena suerte?, ¿mala suerte?, ¡quién sabe!”.
Los caballos permanecieron en el establo bajo los atentos cuidados del menor de los hijos del anciano. Un día, el muchacho intentó domar a uno de ellos. Pero tal era la fuerza y brío del caballo, que el joven cayó al suelo y se rompió ambas piernas y los brazos. Todo el mundo se enteró del grave accidente y consideró aquello una gran desgracia. No así el labrador, que se limitó a decir: “¿Mala suerte?, ¿buena suerte?, ¡quién sabe!”.
Unas semanas más tarde, el ejército de aquella nación entró en el poblado para reclutar a todos los jóvenes. Estaban llamados a ir una terrible guerra de la que muy pocos regresarían con vida. Cuando vieron al hijo del labrador con las extremidades rotas, le dejaron tranquilo, ya que sería un problema contar con alguien incapacitado. De nuevo, los vecinos fueron a felicitar al labrador, a su hijo y al resto de su familia por esa buena noticia, pero, otra vez, el anciano asomó su cabeza por la puerta y encogiéndose de hombros dijo: “¿Ha sido buena suerte?, ¿mala suerte?, queridos vecinos, ¡quién sabe!”.

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