No me puedo quejar en absoluto de los regalos recibidos el día de mi último cumpleaños. Iban en dos vertientes: la de lectura y la de música. De estos últimos ya he oído la genial pieza de Vivaldi (es curioso que pese a mi nula religiosidad, me atraiga tanto la música sacra, especialmente barroca) y la semana que viene me deleitaré viendo en directo a Police. De la lectura he disfrutado y me he conmovido con el cómic de Persépolis y con una biografía sacada de entrevistas del gran Freddy Mercury. Y hay un libro que estoy degustando a pequeños sorbos como esos sabores que tanto nos gustan. Se trata de Espejos, de Eduardo Galeano.
En este libro, el escritor uruguayo hace un repaso breve por distintos sucesos, personajes y momentos de la historia de la humanidad con su aguda visión y su cautivadora prosa. Aquí os voy a dejar tres ejemplos para que los disfrutéis como yo lo estoy haciendo. Para paladearlos poco a poco.
El primero, “Caminos de alta fiesta” es un recordatorio imprescindible para todos aquellos que prejuzgan a la gente por su raza. Ojalá sean capaces de entenderlo.
¿Adán y Eva eran negros?
En África empezó el viaje humano en el mundo. Desde allí emprendieron nuestros abuelos la conquista del planeta. Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el sol se ocupó del reparto de los colores.
Ahora las mujeres y los hombres, arcoiris de la tierra, tenemos más colores que el arcoiris del cielo; pero somos todos africanos emigrados. Hasta los blancos blanquísimos vienen del África.
Quizá nos negamos a recordar nuestro origen común porque el racismo produce amnesia, o porque nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapa sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido.
El segundo, “El pánico macho” es curiosísimo y va dirigido a cualquier hombre:
En la noche más antigua yacían juntos, por primera vez, la mujer y el hombre. Entonces él escuchó un ruidito amenazante en el cuerpo de ella, un crujidero de dientes entre sus piernas, y el susto le cortó el abrazo.
Los machos más machos tiemblan todavía, en cualquier lugar del mundo, cuando recuerdan, sin saber qué recuerdan, aquel peligro de devoración. Y se preguntan, sin saber qué preguntan: ¿Será que la mujer sigue siendo una puerta de entrada que no tiene salida? ¿Será que en ella queda quien en ella entra?
Y la última, “Epicuro”, una justificación irrevocable de su filosofía:
En su jardín de Atenas, Epicuro hablaba contra los miedos. Contra el miedo a los dioses, a la muerte, al dolor y al fracaso.
Es pura vanidad, decía, creer que los dioses se ocupan de nosotros. Desde su inmortalidad, desde su perfección, ellos no nos otorgan premios ni castigos. Los dioses no son temibles porque nosotros, efímeros, mal hechos, no merecemos nada más que su indiferencia.
Tampoco la muerte es temible, decía. Mientras nosotros somos, ella no es; y cuando ella es, nosotros dejamos de ser.
¿Miedo al dolor? Es el miedo al dolor el que más duele, pero nada hay más placentero que el placer cuando el dolor se va.
¿Y el miedo al fracaso? ¿Qué fracaso? Nada es suficiente para lo suficiente es poco, pero ¿qué gloria podría compararse al goce de charlar con los amigos en una tarde de sol? ¿Qué poder puede tanto como la necesidad que nos empuja a amar, a comer, a beber?
Hagamos dichosa, proponía Epicuro, la inevitable mortalidad de la vida.

Estoy segura de que es un libro muy interesante y, en consecuencia, un título más para deleitarse con ese gran placer que supone la lectura.
El último libro que me ha dejado con muy buen sabor de boca ha sido Mil soles espléndidos: aunque tiene escenas crueles, porque relata la realidad social de Afganistán durante los últimos treinta años, en conjunto es un gran libro, desde mi punto de vista, porque transmite un verdadero canto a la tolerancia.
Por: Núria el Junio 30, 2008
a las 12:29 pm