Uno de los grandes escritores (e intelectuales) de la actualidad es el portugués José Saramago. Tras superar una grave enfermedad ha vuelto con fuerza con El viaje del elefante. Además de por su maravillosa narrativa, que a mí me cautivó desde que hace ya más de diez años leí El año de la muerte de Ricardo Reis y que lo ha hecho regularmente con títulos como La Caverna, Ensayo sobre la ceguera, El evangelio según Jesucristo, etc. Además de literariamente, es un autor comprometido que tiene cosas más que valiosas que aportar. Como muestra, un botón, os dejo una entrevista aperecida no hace mucho en Público.
Llama la atención, cuando se ha acabado de disfrutar de la lectura del libro, comprobar el proceso de gestación del mismo. En Salzburgo (Austria), en un restaurante llamado El elefante, al que Saramago había ido invitado por una lectora de portugués de la universidad después de que éste diera una charla, encontró cuadros que representaban a un elefante que había viajado desde Lisboa hasta Viena en el año 1551. Esto es lo que encendió la mecha para consumir la capacidad creadora del escritor portugués para contarnos esta nueva historia.
La historia, pues, es la siguiente: el rey Juan III de Portugal ofrece a su primo, Maximiliano de Austria, un elefante asiático, llamado Salomón. Acompañado por el cornaca Subhro (al que el emperador cambiará el nombre por Fritz para hacerlo más austríaco), y con la compañía de un amplísimo séquito, Salomón (al que también el emperador cambiará el nombre, en este caso por el de Solimán) recorrerá en un largo viaje el trayecto de Lisboa hasta Viena, pasando por España (el traspaso de poderes de Portugal a Austria debe producirse en Valladolid y se llega a Rosas para embarcar hasta Génova), Italia y, tras cruzar los Alpes, llegar al país centroeuropeo de destino final.
La historia, que cuenta con personajes notables históricamente, el emperador Maximiliano de Austria, su mujer, hija de Carlos V, don Juan III de Portugal, su mujer doña Catalina, o el secretario de estado Pedro de Alcáçova, personajes que caen rendidos ante la magnanimidad de Salomón/Solimán, un animal que conmueve con sus actos (especialmente conseguidas son las despedidas de los acompañantes en que el animal demuestra su lado más humano). Y su especial relación con el cornaca, de amor, aunque con algo de interés también. Tampoco faltan los intereses alrededor de la figura del paquidermo, especialmente por el clero, que pretende crear un milagro para el aumento de la fe.
Estilísticamente, la obra no puede ser más cautivadora. Saramago, que ya se ha abonado a la opción de reducción de espacios: todo el texto aparece como un continuo y no se marca más que con la mayúscula el diálogo, por ejemplo; como decía, Saramago intercala con una maestría como sólo él sabe conseguir sus agudas reflexiones, nunca carentes de fina ironía, sobre los acontecimientos que va narrando.
En definitiva, una obra que enamorará no sólo a los habituales lectores del premio nobel de literatura sino a todos los que gusten de disfrutar del sano placer de la buena lectura.
