Reflexiones sobre los placeres

Cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos“. (Bohumil Hrabal, Una soledad demasiado ruidosa).

Bueno, en primer lugar, vuelvo a este sitio que tan abandonado tengo desde el año pasado, y al cual dejé por falta de constancia, no por falta de decir cosas. Más bien lo he sustituido por un método mucho más inmediato aunque infinitamente menos dado a las parrafadas que solía soltar por estas páginas. Me estoy refiriendo al ‘feisbuc‘. Me imagino que el haber acabado un nuevo curso y tener tiempo para reflexionar sobre lo pasado y lo por venir me han dado pie a volver a intentar esa continuidad perdida. Hoy quiero empezar una nueva sección que, como otras que comencé, no sé si será flor de un día o dará pie a reflexiones continuadas. La idea me vino ayer mientras corría por los alrededores de Gandía a la hora en que once tíos con camiseta roja paralizaron a buena parte del país. Correr cosas buenas y malas (las malas, en forma de lesiones, ya las he sufrido y seguramente las seguiré sufriendo), pero las buenas lo son de manera muy beneficiosa. Dejando de lado el necesario ejercicio que evita el sedentarismo (que hay que tener si, por ejemplo, se quiere escribir en un blog), una de sus utilidades mayores es la capacidad de reflexión que provoca, aunque en días de calor asfixiante como ayer cuesta más. No obstante, la asociación de ideas sucede con mayor rapidez que de costumbre y recordé una cita que había leído por la tarde y compartido en el citado espacio de red social.

Sigamos, pues, adelante con ello. La cita que inaugura la sección (acompañar con redobles varios de presentación) no puede ser mejor. Sugiere completamente lo que dice y cautiva como lo hace el lenguaje bien empleado por los pocos que han sabido hacerlo (al igual que pocos sabios en el mundo han sido, pocos han conseguido la genialidad de las palabras). Y también es imposible que una cita sirva de manera tan clara. Porque las citas las guardamos como autoridades que encierran una verdad absoluta (aunque no crea mucho en ellas), una emoción, una vivencia, etc. Aquí se está hablando y relacionando entre sí dos de los grandes placeres que tiene este mundo: la literatura y la gastronomía (el malogrado Manuel Vázquez Montalbán estaría totalmente de acuerdo, o el delicioso personaje ‘Salvo Montalbano‘, homenaje del gran Andrea Camilleri, al autor citado). El autor pone en relación estos dos placeres dejando intuir muchas de las similitudes que comparten, junto con algún placer que luego comentaré. Ambos son placeres que hemos de hacer poco a poco. La compulsividad en ambos es claramente improcedente y hay que ver el ejemplo literario que me toca de cerca: un alumno que lee el libro obligatorio por obligación y se espera a la última tarde (o noche) antes del examen, obviamente la lectura no será uno de sus placeres preferidos; con la comida, quién está libre del pecado de reconocer que algún alimento no puede comerlo porque en su día sufrió las consecuencias de un hartazgo por comerlo compulsivamente. En efecto, pues, son dos placeres que hay que ‘saborear’ a una velocidad moderada. Por otra parte, son dos placeres principalmente solitarios. Me imagino que mucha gente dirá con mucha razón, que las mejores comidas que recuerdan fueron en compañía (ya sea grupal o de pareja). No obstante, soy de la opinión de que (no tan poco literariamente como dice mi madre) no se debe hablar en la mesa. Bueno, antes de parecer demasiado integrista, aclararé un poco: las grandes conversaciones en la mesa se producen, como indica su nombre, en la sobremesa, cuando dejamos que lo que hemos digerido se vaya asentando en nosotros. Lo mismo pasa con los libros. Es muy difícil que dos personas lean a la vez el mismo libro juntos, y encima con el mismo ritmo para que puedan comentar capítulo a capítulo o párrafo a párrafo qué les está sugiriendo su lectura. En ambos casos, se comparte el placer cuando se ha acabado y se intercambian las impresiones. Es decir, son placeres silenciosos. Y para añadir una tercera (hay más pero no es cuestión de escribirlo todo en esta reaparición) que es que ambos son alimento del alma y del cuerpo. Bien claro está que alimentarse es necesario y que la lectura provoca unas sensaciones incuestionables. Por ello hay que explicar un poco más las otras dos opciones: el alimento es bueno para el alma, en la medida en que diversifiquemos nuestros gustos. No lo olvidemos, la cocina es cultura y la posibilidad de conocer otras culturas (viajando, gracias a la emigración, etc.) es que conocemos también su cocina y nuevos sabores quedan en nosotros para siempre y nos enriquecen en muchos aspectos. Y ¿cómo puede afectar al cuerpo la lectura? Pues, agrandando las células grises, bien sur. Hay que desterrar eso de que el saber no ocupa lugar (preparando la mudanza, como estoy actualmente, y con la cantidad de libros que tengo, que nadie me quiera hacer creer dicha máxima). Los efectos de las buenas lecturas nos harán mejores personas y nos darán las herramientas para tener un cuerpo más cultivado. Sobre esto, se puede señalar que hay que saber elegir nuestras lecturas y diversificarnos, no nos pase lo que al Ingenioso Hidalgo manchego y sus libros de caballerías. ¿Quizá hoy en día le podría pasar a alguien con libros esoteristas sobre sectas medievales en busca de la verdad de todas las verdades?

En fin, se podría hablar mucho más, pero no hay que cansar, que hace mucho calor. Me he dejado el placer del sexo para contraponerlo en esta pequeña exposición. Otro día volveré sobre él. Se admiten ideas y sugerencias.

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