BONA actuació

Hacía tiempo que no escribía aquí de conciertos. Bien es verdad que en el periodo de inactividad del blog disfruté de dos que estarían detallados en alguna entrada: me refiero a los de Stacey Earle y Mark Stuart, que dieron en la sala Wah Wah y al del admiradísimo Juan Perro, presentando los temas bluseros del disco que está pronto a editarse. En ambos conciertos disfruté como un enano. En el primero, de esa atmósfera intimista de las bellas canciones de la pareja americana y en el segundo de la calidad, la potencia en directo y del increíble feeling que es capaz de producir ante la entregada audiencia el alter ego de Santiago Auserón. Ayer fui a ver a uno de los músicos que había oído alguna que otra vez (no demasiado, he de reconocerlo) pero a quien tenía muchas ganas de ver en directo. El resultado fue sencillamente maravilloso. Me refiero al gran bajista y cantante de jazz/toco todo lo que me sale porque puedo hacerlo que se llama Richard Bona.

El acontecimiento tuvo lugar en el marco del festival de jazz del Palau de la Música de Valencia, Preparadados, listos, jazz…, lo cual ha generado el único pero que se le puede poner a la actuación: la sonorización. Es increíble que en un lugar con una acústica tan buena como es el Palau de la Música, donde escuchar música clásica es un auténtico lujazo, la voz de Richard Bona casi no se oyera en las primeras canciones (a la vez que la batería, percusión, teclados y trompeta sonaban a las mil maravillas) y tuviera que pedir varias veces que le subieran la intensidad de su bajo, al cual le pasaba tres cuartos de lo mismo. La guitarra también fue de las perjudicadas en dicho aspecto. De todas maneras, pecata minuta (aunque hay que reseñarlo) ante el poderío que mostró el camerunés en escena.

Y bien logró encandilar (él y la banda que lo acompañaba) al público que vibró tanto que coreó al cantante al despedirse de una manera tal, que todo el grupo tuvo que volver a salir a dedicarnos otro temazo a pesar del visible cansancio que se apreciaba en sus rostros (esta semana salen a concierto por día y con unos desplazamientos largos) pero con unas sonrisas de agradecimiento hacia el público que pude comprobar en primera persona, pues me encontraba encima de la salida de los músicos y éstos nos saludaron ‘bonamente’. El concierto comenzó con uno de sus temas más fuertes en concierto, Ekwa Mwato, un tema con unos ritmos latinos muy fuertes. Ya en la parte central del mismo pudimos comprobar la destreza de los músicos con la improvisación de la batería, la percusión, los teclados y el propio Bona con su bajo. Sublime. Continuó con algún repaso más de temas antiguos y seguidamente nos presentó dos canciones de su nuevo álbum, el bellísimo tema M’Bemba Mama, que fue uno de los momentos más íntimos de la noche, junto con la balada en portugués que se marcó acompañada del guitarrista; y la canción con ritmos indios, Shiva mantra. Después vino el momento más inesperado (ya que no lo suele grabar en los discos). Richard se quedó solo en escena y comenzó a interactuar con el público (algo que fue muy frecuente durante la noche, tanto en inglés como, un poco, en español) y a demostrar lo que vale como cantante, además de presentarnos el pedal mágico que graba sonidos, cual protagonista de alguna novela de realismo mágico. Allí no sólo nos deleitó con su fantástica voz multiplicada como quería, sino que, aprovechándose del lugar en el que estaba, hizo de director de orquesta con nuestras voces, tanto las sensuales femeninas como las “macho macho men” (como él las calificó) de nuestras masculinas. Y volvió la banda para acabar con plenitud el concierto oficial, con temas antiguos. Y no pudo ser el final establecido, como he comentado, porque el público pidió más y más y Richard Bona (al principio él solo y después toda la banda) accedió y nos hizo más partícipes si cabe, grabándonos con su pedal y haciéndonos bailar de pie la última canción.

Y ya que hemos citado a la banda, no quiero dejar de destacarlos también. Aprovechó muy bien Richard Bona (tiene siempre un guiño para ganarse al público, como esa ‘oldest spanish song’ o la presentación de la banda, que estuvo precedida por la felicitación por la victoria del mundial de fútbol, lo cual le valió para decir que era el único de la banda que había apostado por el equipo al que tenemos que pagarle seis cientos mil euros a cada jugador. Y le valió para criticar a los países del resto de músicos, especialmente al percusionista (brasileño) y al teclista (de Rotterdam, quien estoicamente hacía el gesto de llorar para regocijo del público), aunque también al guitarrista (francés), al trompetista (estadounidense) y menos, claro, al batería (cubano), ya que allí tienen béisbol y tabaco, pero no fútbol. Esa diversidad de músicos (musicazos, como demostraron) es lo que explica la gran variedad de estilos, registros que sonaron en un concierto memorable y que nos costará olvidar a los que allí estuvimos.

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